La salud de América Latina en la Torre de Babel

El relato bíblico de la Torre de Babel, con el castigo divino a la soberbia de los hombres traducido en la fragmentación del lenguaje y la incomunicación, resulta particularmente pertinente para analizar la realidad sanitaria de América Latina en nuestros días, desde la clara perspectiva de que el objetivo es que el conocimiento llegue de manera clara y confiable a cada rincón del continente.

Nuestra región enfrenta una compleja transición epidemiológica caracterizada por la coexistencia de enfermedades transmisibles y no transmisibles, el envejecimiento poblacional, el crecimiento sostenido de la obesidad y la diabetes, y una elevada carga de enfermedad cardiovascular y en menor medida cáncer. Este contexto sanitario termina de tomar forma cuando se suman las profundas desigualdades sociales, económicas y educativas que condicionan el acceso a la prevención, el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades.

El grupo etario más afectado por la pobreza son los niños y adolescentes donde 4 de cada 10 menores de 17 años están en esta situación (CEPAL). Por otro lado, América Latina y el Caribe se mantienen como la región más desigual del mundo con un elevado índice Gini, un indicador de la distribución de la riqueza en una población, que va de 0 que es la igualdad total a 100 que es lo contrario. En la región se ubica entre 46 y 50 (Banco Mundial)

A estas dificultades estructurales se suman barreras culturales, sistemas de salud fragmentados y marcadas diferencias en la formación de los equipos sanitarios. Sin embargo, en los últimos años ha emergido un nuevo desafío que atraviesa transversalmente todos los anteriores: el deterioro de los mecanismos de construcción social del conocimiento.

Autores como Yuval Harari y Giuliano da Empoli han descrito con claridad cómo la era digital ha transformado radicalmente los procesos de comunicación pública. La abundancia de información no necesariamente genera más conocimiento. Por el contrario, frecuentemente produce ruido. La búsqueda de la verdad ha sido reemplazada, en numerosos ámbitos, por la competencia por la atención. El diálogo cede espacio a la confrontación, mientras que la evidencia suele verse desplazada por narrativas emocionalmente atractivas, pero conceptualmente débiles.

Hemos atravesado el umbral de la posverdad.

La salud está claramente involucrada en este fenómeno. La circulación de información médica en redes sociales ocurre muchas veces en un ecosistema donde la visibilidad importa más que la rigurosidad y donde la simplificación extrema de un mensaje reemplaza a la complejidad inherente a la fundamentación del conocimiento científico. En este escenario proliferan mensajes categóricos, recomendaciones sin sustento sólido y falsas dicotomías que terminan generando más confusión que claridad.

Como ejemplo palmario y de gran vigencia encontramos a las vacunas.

Su utilidad cuenta con adecuado sustento científico. Pensando en la población adulta, el prevenir enfermedades producidas por virus y bacterias tiene implicancias directas en la disminución de internaciones y muertes, pero además también inciden reduciendo eventos cardiovasculares como el infarto agudo de miocardio. Por eso la inmunización contra influenza (gripe) neumococo y covid entra en el calendario previsto para poblaciones de riesgo. En un análisis realizado en 145 portales de internet en Japón, en los que se compartían mensajes a favor o en contra de la vacunación contra influenza, la conclusión de los investigadores fue que los mensajes eran más fácilmente leídos por la comunidad cuando eran escritos por individuos no médicos y cuando el mensaje era contra la vacuna. Si por el contrario el mensaje era del equipo de salud o a favor de la vacuna las posibilidades de llegar con éxito a los destinatarios eran menores.

La salud en la torre de Babel.

Frente a este enorme desafío, el mejorar la capacidad de comunicación desde los ámbitos académicos debería convertirse en una acción estratégica fundamental. Podemos interpretar con claridad que el rol por ejemplo de una institución científica debería ampliarse a contribuir a ordenar el debate público. Incluso podríamos ir más allá. Uno de sus objetivos debería ser introducir los grandes temas sanitarios en la agenda pública.

Tienen el conocimiento y tienen potenciales comunicadores en todas las áreas.

Las sociedades científicas representan espacios donde la incertidumbre puede transformarse en preguntas de investigación, donde la evidencia es sometida al rigor metodológico y donde los hallazgos se convierten en contenidos educativos capaces de mejorar la práctica clínica global. Constituyen uno de los pocos ámbitos donde el conocimiento continúa construyéndose mediante el análisis crítico, el intercambio respetuoso y la búsqueda de consensos.

Pero la generación de evidencia, por sí sola, resulta insuficiente. El verdadero desafío consiste en transformar ese conocimiento en una herramienta útil para incidir sobre las políticas públicas y mejorar efectivamente la salud de las poblaciones.

Uno de los costados que las redes suelen fustigar en el tema de la salud es el interés comercial. Frente al mensaje pro vacuna surge el argumento de “nos quieren enfermar para vender más medicamentos, o para vender más vacunas”.

En este juego existe un actor imprescindible: la comunidad.

Ninguna política sanitaria logra sostenerse en el tiempo sin legitimidad social. Son los ciudadanos quienes terminan definiendo qué temas ingresan a la agenda pública y cuáles permanecen invisibles. Sin embargo, la comunidad también se encuentra inmersa en esta nueva Babel digital, expuesta a mensajes contradictorios, intereses diversos y algoritmos que privilegian la polarización por encima de la reflexión.

En este escenario, incluso muchos profesionales de la salud desembarcan en las redes sociales impulsados más por una lógica individual de posicionamiento personal que por una visión colectiva de comunicación sanitaria. El resultado es una multiplicación de voces que no siempre construyen un mensaje coherente para la sociedad.

La comunicación científica del siglo XXI no puede depender exclusivamente de esfuerzos individuales. Requiere estrategias institucionales, coordinación regional y una visión compartida sobre los principales desafíos sanitarios del continente.

América Latina necesita producir más evidencia, pero también necesita comunicarla mejor. Necesita construir puentes entre la ciencia, la comunidad y los tomadores de decisiones. Necesita transformar datos en conocimiento y conocimiento en acción.

Frente a la creciente fragmentación del discurso público, las instituciones científicas tienen la responsabilidad de contribuir a reconstruir un lenguaje común. Un lenguaje basado en la evidencia, pero también en la escucha. Riguroso, pero comprensible. Sólido en sus fundamentos y cercano a las necesidades reales de las personas.

Quizás el desafío más importante de nuestro tiempo no sea únicamente generar conocimiento, sino lograr que ese conocimiento llegue de manera clara, confiable y relevante a cada rincón de América Latina.

Porque está claro que será difícil pensar en una salud al alcance de todos, cuando cada uno habla un idioma diferente sin intenciones de escuchar al otro.

La salud en la torre de Babel.